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Cómo despedirse sin decir adiós



Ese día bajé al aeropuerto sin avisarles. Me imaginé la escena como en las comedias románticas: yo saltando torniquetes, esquivando guardias nacionales hasta lograr atravesarme en la pista para que no despegara el avión en el que estaban ustedes: José y Erik.



Se bajarían y nos abrazaríamos con la canción “Por amor”, de José Luis Perales, de fondo, esa que ponían en Sábado Sensacional para los reencuentros, aunque esto fuera una despedida. Ninguna balada dura tanto como ese abrazo frente a la puerta de salida de Maiquetía.



En ese momento me invadió la incertidumbre de no saber cómo llenar un vacío de 7300 kilómetros. Nadie tiene los brazos tan largos para vencer la distancia entre Caracas y Buenos Aires. Los mensajes de buenos días, mis pensamientos sin filtro, los sobrenombres graciosos, las tardes-noches de películas. Compartí todo con ustedes, menos la cuenta para comprar caña (porque saben que yo no bebo y soy tacaño).



Originalmente el grupo de amigos era de cinco: Roberto, el guapo; Ricardo, el cómico; José, el famoso de redes sociales; Erik, el portador de los secretos clasificados de todos nosotros; y yo, la cuota de diversidad racial. No nos hacían falta los antidepresivos cada vez que nos reuníamos después de la oficina. El Mc Donald’s de la Castellana era el punto de encuentro.



En 2011 nos alcanzaba para comprar un combo y un postre para cada uno (se fue Roberto). En 2013 Erik pagaba un Big Mac y el resto le quitaba las papitas (se fue Ricardo). En 2016 nos sentábamos a esperar que el vigilante nos sacara porque no estábamos consumiendo.



Así empezó el desgaste. No nos rendía la plata, el tiempo, los proyectos, luego escaseó la paciencia, y es allí cuando ves cómo tus amigos deben tomar las decisiones: vender sus cosas, apostillar, sortear la ansiedad y el insomnio, comprimir los recuerdos, montarse en un avión, resetear sus vidas.



El corazón ya no nos queda del lado izquierdo del cuerpo, sino regado por pedazos en todo el mundo. Ya no puedo cerrar más la toma de las fotografías para que no se note la ausencia de gente querida (dentro de poco todas serán selfies). Ya a ninguno lo puedo llamar por intercomunicador para que me busquen en planta baja, sólo por Skype para ponerle un pañito de agua caliente a la nostalgia.



Emigrar es algo natural en el resto del mundo. En Venezuela es como divorciarse estando enamorado. Ese día, mientras bajaba a Maiquetía, hice el ejercicio de pensar que era yo el que me iba del país. Sentí que en el avión se iba a montar un cuerpo inerte y que mi mente permanecería sembrada en Caracas. Como dicen por ahí: “Ni que nos vayamos nos podemos ir”.



Cuando llegué al aeropuerto, ustedes seguían sin saber que yo estaba allí. Los esperé frente al mural de Cruz-Diez. Cuando los dos se dieron cuenta, me vieron con los ojos aún llenos de lágrimas viejas. Yo solo les dije: “Vine a sacarme la foto cliché para hacer una publicación cursi, así que vamos”. Sonreímos, no solo para la cámara. Erik me dio un retroactivo de abrazos y José me regaló una caja de condones. Las carcajadas amortiguaron la tristeza que vino después de que me di la vuelta. No quise estar justo cuando atravesaran la puerta de salida, es una escena que he visto con otros protagonistas y el final es el mismo.



Por eso busqué un cierre alternativo, uno en el que no hay lamentos, uno en el que la incertidumbre por saber cuándo nos reencontraremos no me carcome, porque para reencontrarse primero hay que despedirse, y yo a ustedes nunca les diré adiós.



Los amo,



Iván



Publicado el 13/03/2017
Iván Zambrano
Caracas Venezuela
Su nombre completo abarca gran parte del currículo: Iván Jesús de la Santísima Trinidad Zambrano Gil. En la otra mitad de su hoja de vida dice que egresó de la Escuela de Comunicación Social de la UCV.  Antes de entregarse al apasionante pero poco rentable mundo del periodismo, amasó una pequeña fortuna como diseñador gráfico, dinero que invirtió en un Play Station 3 y en pagarle a un gestor para que le apostillara los documentos (solo por si acaso). Es traductor simultáneo de la realidad que se le arrima a los sentidos. El caraqueño de 27 años sigue en edad de ser una joven promesa del periodismo, pero le interesa una carrera más seria: el humor.