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Una fiesta en cada casa



Mi amado profesor:



No voy a poder cumplir aquella promesa, aunque me trastorne, aunque me desteja. Sé que juré para mí misma, pero no pude. Le dejo esta carta en nuestro sitio de lecturas.



Anoche fue mi cumpleaños 26 y me trajeron unos mariachis. Era un grupo serio y decente dispuesto a entonar unas canciones que nos sabíamos por el arrullo de los abuelos y por haberlas oído en cuanta fiesta habían puesto los vecinos. Trataban de apurar el espectáculo con una disposición y una sonrisa que nos hacían responder con alegría y gritar como locos, no sabíamos si de contento o por el afecto y la costumbre al mero desorden.



Al más alto se le notaba que era mecánico por sus dedos maltratados y las uñas oscuras de grasa; él cantaba con esa anchura en la voz, esa inclemencia caribeña y con una doble caricia mexicana. Primero, nos abandonamos en el asombro del goce, pero luego pensamos en la desgracia de su destino porque, de no haber nacido en una casa de Orope, en el Táchira, a donde llegaron sus padres atravesando el caño Macho, desde Puerto Santander de Colombia, hace 38 años, tal vez hubiera sido famoso como Vicente Fernández, con aquella potencia de garganta que nos recordaba a las mujeres de la sala lo que somos, por si acaso a alguna se le había olvidado.



Además, la rumba tenía el barniz de las incongruencias de la celebración de despedida… Te vas. No lo hubiera creído, pero te vas, me digo. Sí, mi profe. Dos universidades no bastaron para quedarse.



Las maletas están hechas. No habría regreso. No podía haberlo, aunque doliera como ahogo y asfixiara como el disimulo. La madre me murmuró: “te vas, te quiero lejos; no aquí en la teñida estadística. Si no vuelves, si yo no voy, que así sea”. Lo dijo con la tierna severidad de las mujeres acostumbradas al sufrimiento.



Después, ¿subsistiría la casa? ¿Se disiparía ese acoso de tinieblas? ¿No estarían al trono los discípulos de la muerte? ¿Se podría ver la inmensidad estrafalaria de los colores de mi ciudad? ¿Cuál era su culpa, por qué la ciudad había sido sentenciada? Ella, también, había caído. Las habían expulsado. Perseguidas, apremiadas, hostigadas, sitiadas, raídas.



Algunos me señalan. Tú no, porque me enseñaste que Cortázar escribió: “Patria, te quiero sin esperanza y sin perdón, sin vuelta y sin derecho”.



Mi vecinita de 16 años me mira sonreída con la certeza de ir tras mis pasos y ese hombre que me ama no vino a despedirse. ¿Es cierto que todo lo que quería llevarme está en esas maletas? Me advirtieron: ahora nada de “más o menos”, o de “mientras tanto”, ni “mientras vaya viniendo vamos viendo”, o “no importa, no le pares”, nada de “no te amargues por eso”, tampoco lo de “cógela suave, que del apuro lo que queda es el cansancio” y menos aquello de “todo se arregla solo”. Ya no tendría la bendición de la palabra “pobrecita”, que siempre cubre a quienes no aciertan al primer o al segundo intento.



Sé que los últimos besos espaciosos, crecidos y heroicos los recibí esta tarde y que cuando camine mañana sobre “el Cruz Diez”, bien temprano, me iré escuchando a Aquiles Báez, a Betsaida Machado, a ConVenezuela.



Con el ardor de los besos que me llevo puestos, los latidos de la música mía y sabiéndome otro pasivo, le daré a quien me reciba la fogosidad de mi cuerpo, las sinfonías de mi trabajo y los activos de mi conciencia.



Ahora, adiós amado maestro, bajo el cascarón oscuro del cielo nublado, oigo de nuevo a ese hombrón de ojos amarillos que en esa fiesta de paradojas me cantó “Las mañanitas”.



Publicado el 13/03/2017
Marlene Arteaga Quintero
Caracas Venezuela
Profesora de Lengua Castellana y Literatura, Magíster en Literatura Latinoamericana Contemporánea, Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación. Docente y madre de un hijo que vive fuera del país.