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Colores muertos



   Mi amor, aunque no estés:



   ¿Aún recuerdas cuándo y dónde comenzó nuestra vida? Fue hace un año, nuestro cuarto estaba enclavado en medio del tercer piso de una mugrosa residencia de alquileres baratos, llegamos allí arrebatados por los impulsos de la rebeldía, con ese peso morboso de saber que nadie aceptará nunca a dos muchachos enamorados. Fuimos felices porque, luego de varios días durmiendo entre basura, un viejo amigo mío se compadeció y nos llevó bajo un techo barato pero cómodo, al fin pasamos la noche a solas; sin miedo a la muerte y drenando los instintos primitivos que nuestras ganas nos exigían; nos recorríamos enteros sobre dos sábanas sucias, a medio doblar y mal olientes, porque no teníamos ni un colchón para descansar, pero dormíamos como reyes en los brazos del otro. Las noches se nos iban en un ir y venir de abrazos, risas, charlas interminables y besos coloridos, e imaginábamos miles de corazones carmesí que flotaban y se regaban por todo el pequeño hueco que teníamos como hogar; se nos iban las mañanas enteras bajo la ducha, sintiéndonos con manos resbaladizas y olorosas a jabón barato.



Buscábamos por todos lados qué comer, hasta que al fin un día me dijiste que te ganarías nuestra vida en un bar de mala muerte, y yo quise también ganarme nuestra vida en un cuarto insípido y blanco mandando paquetes a otros países. Dormíamos y desarreglábamos las sábanas todas las noches, arropándonos con los besos del otro. Nos quedamos sin comer el día que compramos un catre pequeño y oxidado, quejumbrosos de tantos años encima, para dormir más cómodos; te dije que era pequeño y que no cabíamos los dos, me dijiste: no importa, entre mis brazos sobra espacio para ti, y otro espacio más quedaba de un lado del catre. Un día compramos un reproductor barato y usado donde escuchábamos esa emisora de música vieja y a veces hacíamos el amor con Piaf y su Hymne a l'Amour arropándonos, a veces me cantabas Ne me quitte pas y eras mi Jacques Brel, eras mi himno. Eras toda mi vida.



   Durante varias semanas nos tuvimos que ir a pie hasta nuestros empleos porque me regalaste un caballete, pinturas y varios lienzos, llené las paredes de cuadros blancos donde poco a poco fueron naciendo universos infinitos e insospechados, nuestra vida emanaba de paisajes en acuarela, tu rostro se forjaba a carboncillo y miles de formas nacían en mis manos mientras las tuyas me acariciaban o me sostenían, porque me desdibujaba con cada pincelada; a veces el ritual se interrumpía por improvisados besos que nos lanzaban a otro sitio, al mundo de ese oxidado catre que le quedaba pequeño a tantas ganas… Ganas que se fueron muriendo en algún punto de nuestro viaje, en algún momento que no vi llegar, donde comenzaste a soltar mi mano y me dejabas solo con un lienzo blanco que terminaba por invadirme en su inmensidad, dejando manchas y trazos a mitad de parto y colores mezclados regados en el piso, manchándome el alma de colores muertos.



   Y así cambió todo, comenzabas los días recordándome que debía botar el caballete, que estaba viejo y sucio (como tus ganas de mí) como los manchones de sangre que dejaron los corazones carmesí tras su muerte. Es que lo sabíamos de sobra, y todo lo que sabíamos lo callamos, y lo único que en realidad no supimos fue cómo decirnos todo lo que se nos venía encima. Fue entonces cuando supe de qué color era la noche, porque me cegaba de lágrimas cuando se apagaba la luz del cuarto y nada más brillaba entonces, la oscuridad de la habitación solo se iluminaba con el faro naranja y los ruidos de ese mundo del que tantas veces huimos, donde tantas veces intenté anclar el espíritu buscando dónde sostenerme. Porque resultó que el espacio que sobraba a un lado del colchón cabía perfectamente entre nosotros.



   Edith siguió cantando en las noches un himno para una patria caída, azotada por una peste invisible que olía a muerte y cuyo perfume se aprovechó de la grieta entre nosotros para meterse en las fisuras de tu corazón que ya no me amaba, que ya no se resbalaba entre mis manos con olor a lavanda barata cada mañana. Se me secó el alma cuando la brisa fría de ese enero entró de golpe por la puerta cuando te fuiste; habíamos llegado a nuestras vidas sin nada más que nuestros besos, hambre y un bolso con trapos sucios. Y así mismo te fuiste, con la mirada y el corazón perdido en otro mundo, y yo buscándome en ese cuarto que de pronto me pareció tan grande, tan vacío. Tan muerto. Me asomé a la ventana y vi como tus pasos se abrían camino a otros rumbos, a otro cuerpo que te llamaba, a otro amor que te consumía el alma. Vi como tú sombra se la tragaba la ciudad, quedándome a solas con Jacques y Piaf.



   Si algún día lees esto, quiero que sepas que estoy bien, que sigo pintando en el vacío en blanco buscando inútilmente el olor de tu cálido pecho, que te llevo pintado en el corazón y que cada mañana canto por todos los rincones de este cuarto que no voy a llorar más, que no voy a hablar más. Que me quedé solo, con el alma manchada de colores muertos.



 



Dix.



 



Publicado el 11/02/2013
Brian Dix
Brian Dix
Guatire Venezuela
La primera vez que nací fue un 12 de septiembre del año 87,  ya no recuerdo las  otras veces que también tuve que nacer. Mido el tiempo por la cantidad de canciones escuchadas y libros leídos. Intento de escritor. El sushi es mi verdadero amor. Siento, pienso, y luego escribo.